Sueños condenados que lo envuelven. El mundo entero no comprende pero él vive en el monte de Morfeo, que lo acoge y lo inspira.
Él despierta, y al contrario de los verdaderos locos, comienza recién a soñar. Y es que cada décimo instante le atrapa y como en mis burbujas, sonríe encontrando el sentido. Y lee, escucha, susurra, así como nosotros dos, pero todo en sí le alimenta, le obliga a gritar de alegría, es su mirar.
Cien siglos y aún más olería las piedras e intentaría escribir en el agua. Así su vida, feliz suspira, seguiría eternamente conspirando contra lo oscuro y planificando el despertar de los ingenuos que sueñan en sepia y como latidos lo llaman enfermo. Pero él quiere al mundo, así como a las hormigas que a diario le cantan, como al café que lo eleva pensativo, y como al incógnito ser que le enseña sus alas.
Él marca en asterisco las letras que le gustan y con puntos los dibujos que le hacen enfadar. En marzo colgaba en el patio escritos en su idioma universal con los que pretendía defendernos, pero claro, como siempre, energúmenos con título de ayudantes se lo prohibieron. Y ahora se conforma con gritarlos en su idioma, otra vez, desde el cuarto en blanco en que lo dejaron.
Como si él no lograra igualmente volar y llegar a las piedras, junto al agua… como si con llave él no comprase a las estrellas pasajes para continuar soñando. Y siguen llamándole loco.
.

